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La caída

Noticia publicada el miércoles 21 noviembre, 2007 - por Alice Carroll


La caída la había dejado completamente aturdida. Una nube emborronó la visión de todo lo que a su alrededor había y finalmente se desmayó. Cuando abrió sus ojos, el blanco inmaculado de las paredes del habitáculo en el que se encontraba hizo que se despertara del estado de shock. Estaba tumbada en una camilla y notaba un fuerte dolor palpitante en la parte derecha de su cara. Un enfermero sonriente se acercó a ella al verle abrir los ojos.
-¿Qué tal te encuentras?
-Confusa, no sé qué me ha pasado.
-Por lo que ha contado algún transeúnte que te vio, tropezaste, caíste al suelo y te pegaste un fuerte golpe en la cara contra un coche. La tienes completamente inflamada.
-Me duele horriblemente.
-Tranquila, se te pasará, pero te vamos a hacer unas pruebas para descartar que sea algo más que una contusión leve.
-Vale, de acuerdo.
-¿Puedes andar?
-Creo que sí…-Alicia se incorporó y sintió un ligero mareo.
-Muy bien, lo primero que te vamos a hacer es un TAC, acompáñame.

El enfermero condujo a Alicia a una sala en la cual había un extraño aparato que no había visto en su vida. Tenía una gran abertura central de aproximadamente un metro de diámetro por la que debía deslizarse la camilla en la que tendría que recostarse.
-Relájate, notarás que la camilla se mueve y poco más. Túmbate boca arriba e intenta no moverte lo más mínimo.
Alicia se tumbó y el enfermero sujetó su cabeza a la camilla con una tira negra de cuero que apretó sobre su frente. El enfermero entró en una pequeña salita adyacente donde se hallaba ubicado el ordenador que controlaba aquella maquinaria. Otro enfermero situado frente al monitor le esperaba dentro. Un gran cristal impecablemente limpio separaba las dos estancias.

Alicia cerró los ojos y sintió que la máquina se ponía en funcionamiento. La máquina hacía un intenso ruido y Alicia sintió que el frío se apoderaba de ella, era el ventilador que enfriaba el sistema. Tras estar un rato relajada y con los ojos cerrados sintió una inevitable modorra que se apoderaba de su ser. Trascurrió largo tiempo hasta que el enfermero le quitó la banda y le pidió que se tumbara boca abajo, poniendo su barbilla encima de un pequeño soporte. Volvió a sujetarle la cabeza con la cinta y le colocó sus manos debajo de sus piernas.

Alicia pensó que la postura era de total sumisión. Por un lado sus piernas desnudas, por otro, su vestido que marcaba de forma pronunciada sus nalgas y sin querer se había subido ligeramente. Sus manos bajo sus piernas tan cerca de su sexo eran una tentación. No se lo podía creer, pero de nuevo, su libido hacía de las suyas y otra vez guiaba los pasos de Alicia, estaba comenzando a enimarse sin remedio. Se imaginó cuan excitante y morbosa tenía que ser la visión que los enfermeros tenían de ella en ese momento. Sus piernas ligeramente abiertas posiblemente dejaban ver su tanga negra que, juguetona, se había escondido hace tiempo entre sus labios mayores y empezaba a estar pleno de humedad.

De repente, unos dedos empezaron a acariciar sus piernas, sintió un torbellino de caricias procedente de varias manos, contó hasta cuatro. Alicia quiso decir algo, pero su lado oscuro y salvaje parecía impedir que articulase palabra alguna y dejó que aquellas manos, muy posiblemente de los dos enfermeros, siguieran haciendo travesuras. Alicia seguía con su cabeza sujeta, su cuerpo estaba rígido, dejándose llevar por las circunstancias. Sintió su tanga deslizándose por sus muslos, su blusa subiéndose por encima de su cintura y sintió como, con facilidad pasmosa, alguien desabrochaba su sostén. Todo le resultaba sumamente placentero, extraño sitio para que la masturbaran, pensó. Dos manos en su sexo comenzaron a torturarla con sus movimientos, las otras dos, semejantes a las copas de un sostén, aguantaban sus pechos, cogiéndolos, calentándolos. Aquellos dedos resbalaban sobre sus pezones y los amasaban con sumo cuidado. Las manos en su sexo iniciaban descaradas una particular danza, e introducían rítmicamente sus dedos en su coño y en su culo, rozaban su clítoris y habían tomado posesión del lugar con el silencioso consentimiento de Alicia. Aquellos devaneos locos le estaban haciendo perder la razón. Esclava del deseo intentaba atrapar los dedos en su interior, pero irremediablemente volvían a salir de nuevo, cada vez más húmedos y resbaladizos. No pudo más y dejó que un cúmulo de palpitaciones recorriera todo su ser.

Al instante, sintió una mano sobre su hombro.
-Hemos terminado, ya puedes incorporarte.
-Alicia se despertó sobresaltada.
Se sorprendió al comprobar que tenía toda la ropa puesta incluyendo el tanga y el sostén. ¡Se había dormido…!
Pero Alicia sabía que no todo lo que había soñado era irreal dado que su sexo húmedo, su tanga chorreante y las últimas palpitaciones recorriendo su cuerpo eran prueba evidente de que el orgasmo que acababa de tener había sido completamente real…

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