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Recuerdos de niñez

Noticia publicada el viernes 27 marzo, 2009 - por Alice Carroll

Estimado Mario, 
  
Tu correo me ha dejado perpleja. Jamás pensé que quisieras saber tantas cosas de mí y tan íntimas... Dices que necesitas saberlas para formarte una opinión de cómo soy. Yo creía que ya la tenías. Hemos follado, hemos compartido horas de pasión y orgasmos. Nuestros sexos se han unido en el placer. ¿No te conformas con eso?
 
 Quieres que te cuente mi vida desde el comienzo, te preguntas cómo empezó todo y cuándo... Y no sé qué contestarte. Hasta yo misma me avergüenzo a veces de mi pasado. ¿Es que tú no tienes también un lado oscuro? Quizás haya personas que no lo tengan, que su vida sea intachable de inicio a fin. No es mi caso. Mi lado oscuro ocupa ya demasiado espacio de mi vida, me domina y sucumbo a él, resignada por no poder ser una mujer normal.
 
 Quién sabe si mi infancia me marcó para siempre. Todavía recuerdo que siendo una cría, soñaba despierta, fantaseaba pensando que estaba desnuda delante de mis vecinitos, siempre me contemplaban varios en mis sueños, no me conformaba con uno solo. Me ataban a una silla y uno a uno se dedicaba a tocarme, a besarme y a desnudarse para que yo les viera. Mientras me imaginaba dichas escenas morbosas, mis piernas cobraban vida propia, apretándose al máximo para excitar aquello que ni sabía cómo se llamaba ¿Qué años tenía? No te lo puedo confesar, demasiado pequeña, aún llevaba coletas.
 
 Y el roce de los pantalones vaqueros en mi sexo, era sublime. No entendía las extrañas sensaciones que se apoderaban de mi cuerpo, que me dejaban agotada como una vela a la cual se le ha acabado la mecha. Después supe el nombre de esos estremecimientos.
 
 Eran terribles las noches de silencio en casa de mis padres, cuando ya estaban en su dormitorio a punto de dormir. Yo siempre creí que me compraron aquella cama en la que pasé mi infancia precisamente para controlar mis pecados. No podía tocarme sin que mi lecho crujiera multiplicando su sonido de forma exagerada. Así que al final, optaba por echar una manta al suelo y masturbarme allí. Era incluso más placentero y morboso. En la cama siempre se podía estar al  abrigo de miradas indiscretas, echando la colcha encima y simulando sueño profundo. Pero en el suelo no había escapatoria, estaba desnuda y sin posibilidad de escondite cercano.

 Al principio, la almohada resultó ser una excelente compañera de juegos, sus pliegues se metían entre mis piernas, provocando un goce superior al de mis pantalones. Después, comencé a investigar toda esa zona oculta tras la ropa interior. Recorrí con mis dedos cada recoveco de mi sexo, palpé un extraño botón que me hacía subirme por las paredes y descubrí una cueva donde cabían mis dedos y era además sensible a mis movimientos. El ritual masturbatorio cada vez ocupaba más tiempo de mis noches. No me conformaba sólo con correrme, me gustaba prepararlo. Mientras cenaba, me imaginaba todo lo que me haría después y mis bragas se humedecían sin remedio.
 
 El baño también resultaba ser un buen lugar para mis juegos. A cualquier hora. El sol y la luz incrementaban mis ganas de sexo. Me desnudaba delante de un espejo, lentamente, recreándome con la situación y me pintaba los labios de rojo intenso, cuanto más rojo mejor. Quería parecer una puta. Es una cosa que siempre se ha reiterado en mis fantasías, ser una puta y comportarme como tal. No tener ningún prejuicio a la hora de hacerlo con desconocidos y disfrutar de ello. Allí, en el baño, viéndome en el espejo, me sobaba los pechos aún diminutos y me tocaba el sexo. Me encantaba reclinarme sobre el baño y contemplar mis movimientos mientras mi boca entreabierta anunciaba la llegada del orgasmo. Mi facilidad para conseguirlos era pasmosa. Uno, no me bastaba, no era suficiente para alcanzar el infinito. Cinco ó seis me parecían una buena cifra para empezar a parar, quedaba  exhausta y mi boca se quedaba sin saliva.
 
 ¿Te he hablado de Carlitos? Carlitos era mi vecino de enfrente. Un chiquillo que a sus 10 años tenía sus hormonas en ebullición. Y nos tocábamos... No hacíamos nada más que descubrirnos el uno al otro mundos diferentes. Me encantaba sentir en mis manos la dureza que adquiría poco a poco su diminuto pene. Él metía su mano por debajo de mi ropa y torpemente me acariciaba el pecho. Yo le guiaba hacia el sur, al terreno situado entre mis piernas, y le indicaba el camino correcto a seguir. Sus toqueteos no los aguantaba ni medio minuto, sentir sus deditos en mi coño y conseguir un orgasmo era todo uno. A Carlitos le gustaba ver mi culo. Me ponía a cuatro patas en la cama y se dedicaba a subirme las faldas de mi uniforme y a bajar mis bragas. Al principio sólo quería mirarme durante un rato, después se acercaba a mí con su pene y lo metía entre mis piernas, nada más. Era algo de lo más inocente. Yo sentía cómo se endurecía y me tocaba hasta correrme.
 
 La adolescencia llegó y mis fantasías no me dejaban vivir tranquila. Necesitaba algo más que un mundo imaginario. Pero eso... te lo contaré otro día. Noto mi sexo humedecerse al confesarme a ti, siento de nuevo el cosquilleo entre mis piernas. Meto mi mano por debajo de la ropa y me dejo llevar...

 

Última actualización el viernes 27 marzo, 2009

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5 Comentarios
Dice ser RBKNMM M 12/10/2009
Dice ser carla 10/05/2009

La historia esa bien, si la quieres ver como ciencia ficcion o un cuento pegajoso.......bien morboso el que la crea...yo la lei y de verdad te digo que nada de lo queescribes es realidad....ya quisieras tu

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